Siendo Chile un país de arraigada tradición vitivinícola, el concepto de “cepas patrimoniales” es relevante para comprender el valor no sólo socioeconómico sino también cultural que tienen algunas variedades de uva vinífera.
¿Cuál es la definición de cepas patrimoniales?
En general, se ha entendido a las cepas patrimoniales como aquellas variedades de vid (Vitis vinifera) que fueron introducidas tempranamente en el territorio nacional, principalmente durante el período de la colonización española a partir del siglo XVI, o que nacieron en el continente a partir de cruzamientos genéticos naturales de estas primeras variedades.
Si bien no existe una definición oficial, la literatura disponible considera que deben cumplir con las siguientes características:
- Uso de sistema de secano, es decir, sin riego artificial.
- La conducción de la vid se realiza mediante la formación en cabeza (sistema gobelet).
- El cultivo debe ser de origen hispano-criollo. Específicamente, no deben ser cepas finas francesas.
Además, diferentes investigaciones y artículos destacan que estos viñedos se vinculan fuertemente con la agricultura familiar, la memoria y la transmisión intergeneracional de prácticas agrícolas tradicionales y manuales, poseyendo un alto valor en términos de conservación cultural, de identidad territorial y genética.
Cepas patrimoniales de Chile
Las principales variedades reconocidas bajo esta categoría en el patrimonio histórico chileno son:
- País, también conocida históricamente como Listán Prieto.
- Italia, originalmente Moscatel de Alejandría.
- Cinsault, conocida en el Valle del Itata como “Cargadora”, fue introducida posteriormente en el siglo XX, pero fue completamente asimilada bajo la cultura patrimonial del secano de este valle.
- Carignan. Fue incorporada a mediados del siglo XX en el Maule para aportar acidez y color a la cepa País. Hoy es parte clave del patrimonio del secano.
- Torontel.
- Pedro Giménez.
¿Qué cepas patrimoniales produce el Valle del Itata?
Si bien el Valle del Itata fue relegado en el siglo XIX con la llegada de las denominadas cepas “finas francesas” o “nobles francesas”, y este desmerecimiento se prolongó por más de cien años, de un tiempo a esta parte se ha revalorizado al valle y su producción de vinos de calidad internacional.
País, Cinsault e Italia son las cepas patrimoniales que más productores trabajan en Itata. Las primeras dos han experimentado una creciente demanda en la gastronomía mundial, lo que a la Región de Ñuble le viene muy bien.
Pero en el Valle del Itata también se produce una uva que cumple con las tres características generalmente aceptadas para ser cepa patrimonial: la Chasselas, localmente conocida como “Corinto” o “Tempranera”.
Uva Chasselas, ¿cepa patrimonial?
Una investigación reciente de la Universidad de Chile plantea que Chasselas cumple plenamente con los criterios.
Se cultiva bajo sistemas que dependen exclusivamente de la lluvia, adaptándose perfectamente a las condiciones de secano de la región. Las parras se manejan mediante el sistema de conducción tradicional en vaso o cabeza, sin estructuras de alambres modernas. Y por último, se clasifica productivamente dentro de las variedades tradicionales de origen “no francés fino”, ya que se rastreó su origen hasta Suiza, en la región cercana al Lago Leman.
Además, esta cepa se caracteriza por un fuerte arraigo histórico y territorial. Aunque es una cepa de origen europeo central, llegó a Chile hace generaciones y se concentró fuertemente en las zonas del centro-sur profundo del país, específicamente en los valles del Itata y Biobío.
Los pequeños productores locales la han integrado tradicionalmente en la cultura de los vinos campesinos. Es una de las variedades blancas aceptadas históricamente por la tradición para la elaboración del clásico vino Pipeño blanco y es valorada en la actualidad por viñas de nicho que buscan rescatar el peso ancestral de los antiguos terruños de Chile.
¿Por qué es importante que una cepa se reconozca como patrimonial?
Revalorización económica
El reconocimiento patrimonial dota al vino de una propuesta de valor basada en la exclusividad, la historia y la emoción, permitiendo a los campesinos cobrar precios dignos y sustentables por su trabajo. En el Valle del Itata esto cobra especial relevancia, considerando el pasado de desmerecimiento y pagos injustos a los agricultores.
Resiliencia frente al cambio climático
Un punto de suma importancia en el contexto actual, es que los viñedos patrimoniales han sobrevivido por más de un siglo gracias a su adaptación genética a las condiciones locales bajo sistemas de secano y conducción en cabeza. En un contexto de crisis climática y megasequía, estas cepas representan un material genético de incalculable valor, ya que demuestran una resistencia hídrica y térmica muy superior a las cepas modernas altamente dependientes de riego artificial.
Preservación del legado cultural y territorial
Estas cepas son patrimonio biocultural. No se trata solo de la planta, sino del conocimiento acumulado por generaciones: la transmisión intergeneracional de la poda, la cosecha manual, la elaboración artesanal del vino, etc.
Si la cepa no se reconoce y se pierde, desaparecen también el tejido social, la memoria rural y el paisaje histórico de zonas completas como el Valle del Itata o el Maule.
Protección legal
Si bien que una cepa sea reconocida como patrimonial no brinda en sí mismo protección legal, indirectamente abre puertas para medidas concretas de protección, como por ejemplo la obtención de un Sello de Origen del Instituto Nacional de Propiedad Industrial (INAPI), que faculta el uso del nombre de una localidad en específico asociado a un producto que allí se produce.
A diferencia de países como España o Francia, donde existen leyes estrictas que protegen por ley los viñedos antiguos (Vieilles Vignes), en Chile no existe una ley que prohíba arrancar un viñedo patrimonial de 140 años.
Como advierten investigadores del INIA, la falta de una protección legal directa y patrimonial por parte del Estado provoca que muchas hectáreas de cepas patrimoniales sigan estando desprotegidas ante la presión del cambio de uso de suelo, el abandono de las tierras debido a razones económicas, entre otros factores.