En las colinas de la Región de Ñuble, existen parras conducidas “en cabeza”, cuyas raíces se hunden en suelos graníticos profundos desde los tiempos de la Colonia. Bienvenidos al Valle del Itata, el verdadero kilómetro cero del vino chileno.
Durante décadas, este rincón del sur de Chile fue relegado al olvido por la corriente comercial del vino moderno. Sin embargo, hoy protagoniza una de las revoluciones vitivinícolas más emocionantes del mundo: el rescate de su identidad y sus cepas ancestrales.
Las Primeras Vides en el Valle del Itata
La historia del vino en Chile suele asociarse a los grandes palacios del Valle del Maipo y las influencias francesas del siglo XIX. Sin embargo, el punto de partida está en el sur. Tras la fundación de Concepción en la década de 1550, los conquistadores españoles introdujeron las primeras parras en la zona comprendida entre los ríos Itata y Biobío. Su objetivo original era práctico y urgente: abastecer el consumo doméstico y proveer al Ejército Imperial apostado en la frontera de la Guerra de Arauco.
Hacia fines del siglo XVI, una orden religiosa transformaría la geografía agrícola de la zona: la Compañía de Jesús. Los Jesuitas demostraron ser brillantes administradores y tecnólogos. En el corazón de Itata conformaron propiedades históricas monumentales como la Hacienda Cucha Cucha, en la actual comuna de Portezuelo.
Los inventarios de la época revelan el impacto jesuita. Tras su expulsión en 1767, se contabilizaron más de 28 mil plantas de vid en Cucha Cucha. Cronistas y viajeros de los siglos XVII y XVIII, como los marinos Antonio y Juan De Ulloa, ya dejaban constancia de que los vinos de Itata poseían un sabor y riqueza muy superiores a los de otras latitudes del continente.
El Esplendor del “Vino de Chile”
Antes de que las cepas francesas dominaran los campos de la zona central, el vino de Itata era el vino de Chile. Hacia 1870, este valle concentraba alrededor del 80% de la producción vitivinícola nacional.
Fue la época dorada del pipeño, un fermentado rústico y masivo que se maduraba en grandes cubas llamadas “pipas”, fabricadas con madera de raulí nativo. Desde los campos de Coelemu, Ránquil y Quillón, miles de litros viajaban en carretas hacia las pulperías de los puertos y las mesas de las principales ciudades de la joven república. El valle no solo producía líquido; sostenía una gigantesca cultura artesanal de toneleros, agricultores y transportistas.
El Auge de Burdeos y la Crisis del Campesinado
El eclipse del Valle del Itata comenzó a mediados del siglo XIX. Las élites chilenas, deslumbradas por la cultura parisina, comenzaron a importar cepas nobles francesas como Cabernet Sauvignon, Merlot y Sauvignon Blanc, plantándolas en valles centrales como Maipo y Colchagua.
A la par, el gusto del mercado cambió. Las variedades históricas de Itata, como la cepa País o la Moscatel de Alejandría, empezaron a ser catalogadas de manera despectiva como “ordinarias” o de baja calidad.
A partir de mediados del siglo XX, el valle entró en una profunda crisis. La producción masiva se trasladó al centro del país e Itata quedó marginado. Durante décadas, los pequeños productores campesinos se han visto obligados a vender su uva a intermediarios por precios de miseria. Las grandes industrias vinícolas utilizan estas uvas para dar volumen y acidez a sus mezclas masivas, ocultando por completo el origen del racimo.
El Despertar de las Cepas Patrimoniales
El cambio al siglo XXI trajo consigo una transformación radical. Enólogos inconformistas, tanto chilenos como extranjeros, se aventuraron en los cerros de Ñuble y descubrieron un tesoro botánico inigualable: kilómetros de viñedos inmunes a la plaga de la filoxera (que asoló Europa en el siglo XIX) gracias al aislamiento geográfico de la zona.
Hoy, Itata ya no es mirado en menos; es estudiado y aplaudido en las ferias de vino de Londres, Nueva York y Tokio gracias a estas características inimitables:
- Viticultura de secano: Los viñedos tradicionales de Itata no usan riego artificial. Sobreviven únicamente con el agua lluvia. Sus raíces se ven obligadas a descender metros bajo tierra rompiendo el granito y el cuarzo, lo que entrega vinos con una mineralidad y frescura excepcionales.
- Manejo artesanal: No se usan alambres ni espalderas. Las plantas crecen “en cabeza”, de forma libre y rastrera, requiriendo un trabajo 100% manual y libre de maquinaria pesada.
Enólogos, ingenieros agrónomos, expertos técnicos tanto chilenos como extranjeros, como también instituciones estatales como INDAP han apoyado a viñateras y productores tradicionales, quienes heredaron los toneles de sus padres o abuelos, permitiendo que dejen de regalar su uva a granel y comiencen a embotellar bajo marcas propias, logrando medallas de oro en concursos internacionales como Catad’Or.
Tras cinco siglos de travesía entre la gloria colonial, el abandono comercial y la resistencia campesina, hoy vuelve a reclamar su puesto legítimo: el de ser el corazón histórico y auténtico del vino chileno.