En los rincones más profundos del Valle del Itata, entre cerros suaves y el susurro del secano, sobrevive una uva que es testimonio vivo de la historia de esta tierra. Se trata de la Chasselas, una variedad que, aunque de raíces europeas, hoy late con un corazón profundamente chileno.
Recientemente, una investigación liderada por académicos de la Universidad de Chile ha puesto el foco en esta cepa, revelando que su valor no reside solo en su sabor dulce y su textura firme, sino en la identidad y herencia que carga.
Identidad y herencia de la Uva Chasselas
Para los agricultores de comunas como Quillón, Ránquil y Florida, la Chasselas no es una “extranjera”. A pesar de que la ciencia nos dice que proviene de la región del Lago Lemán, entre Suiza y Francia, en el Itata se ha vivido un proceso de naturalización y arraigo cultural.
Los productores locales la asocian directamente con la memoria de sus abuelos. Es la uva de la “herencia familiar”. En las entrevistas del estudio, los agricultores destacan que esta variedad define el paisaje del valle: viñedos conducidos “en cabeza” (sistema gobelet), sin riego (secano), adaptados a la fuerza de la tierra.
¿Por qué, entonces, si es tan especial, no es tan conocida como otras cepas?
Modernización vitivinícola
La respuesta está en la historia de la modernización vitivinícola de Chile en el siglo XIX. Durante ese periodo, la mirada nacional se volcó hacia el “modelo francés”, privilegiando variedades traídas de Burdeos para el Valle Central. Este fenómeno desplazó a las uvas tradicionales del Itata a un segundo plano, calificándolas como de “menor calidad” o relegándolas al consumo local.
La Chasselas sobrevivió en los márgenes, mantenida por pequeños campesinos que valoraban su maduración temprana, lo que les permitía obtener ingresos frescos antes que el resto de las cosechas, pero quedó fuera de los grandes circuitos comerciales.
Riesgo de desaparición de la Uva Chasselas
La investigación realizada es enfática en indicar que la Chasselas está en peligro. Este riesgo de desaparición no se debe a una mala calidad de la uva, sino a un problema de carácter social y económico:
- No hay relevo generacional: Los jóvenes nacidos en sectores rurales, ante la baja rentabilidad y la dureza del trabajo manual en el campo, migran a las ciudades.
- Bajos precios: Durante décadas, el valor pagado por esta uva no ha hecho justicia a su valor patrimonial.
- Presión forestal y urbana: Los paisajes vitícolas tradicionales están siendo cercados por otras industrias.
¿Qué podemos hacer?
La investigación sugiere que el camino para salvar la Chasselas es su revalorización. Esto implica reconocerla como un producto de alta gama, potencialmente protegido por una Indicación Geográfica (IG) del Instituto Nacional de Propiedad Industrial (INAPI) que certifique que esa uva solo puede ser “Chasselas del Itata”.
Consumir Chasselas, ya sea como uva de mesa premium o en sus facetas vinificadas, es un acto de resistencia cultural. Es apoyar a los pequeños productores que siguen cuidando las parras que plantaron sus abuelos.