¿Por qué debemos distinguir entre cepas tradicionales y viñedos patrimoniales?

Durante los últimos años, la vitivinicultura de Chile y el Cono Sur ha experimentado una feliz revolución. El rescate de tradiciones postergadas ha devuelto el orgullo a zonas históricamente relegadas, situando a botellas de uva Listán Prieto (País), Moscatel de Alejandría (Italia) o Cinsault en nichos de alta gastronomía internacional. 

Pero a medida que estos conceptos ganan terreno comercial, surge una confusión técnica y conceptual que la investigación académica ha intentado subsanar: no es lo mismo una cepa tradicional que un viñedo patrimonial. De esta diferencia dependen las políticas públicas de conservación, el valor justo pagado a los pequeños productores y el éxito de ambiciosos proyectos internacionales.

Cepas tradicionales: El factor genético

Cuando hablamos de cepas tradicionales, el enfoque es estrictamente botánico, ampelográfico y genético. Nos referimos a las variedades de la planta (Vitis vinifera) que poseen un arraigo histórico documentado, introducidas principalmente durante el período colonial hispánico o las primeras etapas de la república.

Variedades como la País (la primera cepa criolla), la Torontel, la Italia o la Pedro Ximénez son cepas tradicionales debido a su extraordinaria resiliencia, longevidad y adaptación biológica al territorio americano. El valor de la cepa radica en su código genético, en su capacidad para resistir la sequía y en el perfil enológico único que entrega al vino.

Sin embargo, la cepa es un material transportable: un clon de uva País puede llevarse hoy a un viñedo hiper tecnológico en California o cultivarse con riego computarizado en un valle plano de alta producción. La cepa seguirá siendo tradicional por su historia evolutiva, pero el contexto de su producción habrá dejado de serlo.

Viñedos patrimoniales: El paisaje vivo

Por el contrario, el concepto de viñedos patrimoniales es de escala geográfica, antropológica y ecológica. El viñedo patrimonial se define como la conjunción indisoluble de parras antiguas, muchas veces centenarias; un ecosistema natural específico, como el secano interior chileno, y el factor más importante: el ser humano. Es un sistema.

Este concepto abarca el entramado cultural invisible pero tangible: la conducción de la parra “en cabeza” (sin alambres ni postes), la absoluta dependencia de las lluvias de invierno y el traspaso generacional del saber hacer campesino. En un viñedo patrimonial cohabitan la flora nativa, las herramientas tradicionales de vinificación y el modo de vida rural. Resguarda, en esencia, un terroir o terruño histórico y un paisaje cultural evolutivo.

¿Por qué es importante diferenciar entre cepas y viñedos?

Si la industria del vino solo valora las cepas tradicionales, las grandes bodegas industriales pueden limitarse a comprar plantas criollas, cultivarlas bajo densidades industriales masivas, mecanizar la cosecha y vender un vino “tradicional” a bajo costo gracias a las economías de escala. Esto vacía de contenido el concepto y destruye competitivamente al pequeño agricultor que ha mantenido viva la tradición.

Si los consumidores, los investigadores y las normativas defienden los viñedos patrimoniales, se protege la sostenibilidad económica de las y los campesinos que custodian el territorio. Se entiende que el valor de la botella no está solo en el líquido, sino en la preservación de un sistema que sostiene la identidad de una regiones enteras.

Un gran horizonte: Chile ante la UNESCO

Es precisamente bajo la categoría de viñedos patrimoniales que Chile sostiene hoy una de sus mayores oportunidades de reconocimiento internacional: postular los viñedos históricos del secano interior, principalmente de las regiones del Maule, Ñuble y Biobío, a la lista de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

Siguiendo las directrices de la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) y las convenciones de la UNESCO sobre “Paisajes Culturales Evolutivos Vivos“, los viñedos de secano chilenos cumplen con creces los requisitos de valor universal excepcional. No se trataría de proteger monumentos estáticos, sino un sistema agrícola que ha permanecido activo y adaptado por siglos.

Paisajes vitícolas del Viejo Mundo como Saint-Émilion en Francia, el Valle del Duero en Portugal o las colinas de Prosecco en Italia ya ostentan este título. El secano chileno tiene argumentos únicos para sumarse: representa la resistencia cultural de una viticultura colonial que sobrevive sin riego artificial en un planeta (y país) azotado por la crisis hídrica. Lograr esta postulación no solo blindaría el territorio frente a amenazas como el monocultivo forestal o la expansión urbana, sino que transformaría estas zonas rurales en polos mundiales de enoturismo cultural y arqueología agrícola viva.